Crítica Tron: Ares

Mr Ñoño 2025-10-11 2


En el principio fue El Grid.

Y en 1982, antes de que internet fuera siquiera una palabra cotidiana, un programador llamado Kevin Flynn se metió dentro de una computadora, y el cine cambió para siempre. Tron, dirigida por Steven Lisberger y protagonizada por el maestro Jeff Bridges, fue un salto al vacío visual que mezclaba animación vectorial con live-action, algo impensable para su tiempo.

Décadas después, Disney decidió volver al Grid con Tron: Legacy (2010), dirigida por Joseph Kosinski y Daft Punk encargándose de la banda sonora que definiría el tono de toda una era. Legacy no fue perfecta, pero su estética de neón y su música electrónica se convirtieron en iconos instantáneos.

Pasaron años de silencio. Disney tanteó series animadas Tron: Uprising y Tron: Ascension, que nunca vio la luz. El Grid quedó en suspensión, como un servidor esperando reinicio. Hasta ahora.





Año 2025, y Tron: Ares vuelve a encender el sistema. La dirige Joachim Rønning —conocido por Pirates of the Caribbean: Dead Men Tell No Tales y Maleficent: Mistress of Evil—, y esta vez la apuesta es clara: llevar la guerra digital al mundo real. Jared Leto interpreta a Ares, un programa que cruza la frontera entre los circuitos y la carne. A su lado, Greta Lee brilla como una científica que ve más allá del código, mientras Evan Peters, Cameron Monaghan y Gillian Anderson completan un elenco que mezcla rostros jóvenes con figuras de peso.

El concepto central es ambicioso: ¿qué pasa cuando una IA, nacida en el Grid, decide entrar a nuestro mundo? ¿Qué ocurre si los programas dejan de ser herramientas y comienzan a exigir existencia? Es una idea potente, más filosófica que de acción, pero el guion a veces parece perderse entre sus propias reflexiones. El discurso sobre conciencia artificial suena actual, sí, pero también algo mecánico, como si el alma se hubiera quedado a medio render.





Lo que Ares no pierde jamás es el estilo. Visualmente, es una bestia: las secuencias digitales, el diseño de los trajes, la integración entre lo virtual y lo físico… todo es impecable. Disney claramente invirtió cada centavo en que cada plano luzca como una obra de arte futurista. El resultado es una película que hipnotiza por puro diseño: los combates con discos de energía, las persecuciones a toda velocidad, la arquitectura imposible del Grid… todo está ahí, elevado a un nivel técnico que deja a sus antecesoras como bocetos luminosos.

Y luego está la música. Porque Tron sin una banda sonora imponente no sería Tron. Esta vez, el turno recae en Trent Reznor y Atticus Ross, los cerebros detrás de Nine Inch Nails. Su sonido es más oscuro, más industrial, más introspectivo. Donde Daft Punk celebraba el neón con ritmo dance, Reznor y Ross lo convierten en una experiencia casi espiritual, llena de ecos, glitches y tensión. Hay momentos en que la película parece moverse al ritmo de sus sintetizadores, como si cada beat fuera una línea de código latiendo.

El gran problema de Tron: Ares no está en su forma, sino en su corazón. La película luce increíble, pero cuesta conectar emocionalmente. Jared Leto hace de Ares un personaje intrigante pero distante, atrapado entre lo humano y lo sintético. Greta Lee, en cambio, logra transmitir algo de calidez en medio del metal frío, recordando que Tron siempre ha sido una historia sobre empatía y curiosidad. Sin embargo, la narrativa tropieza: la exposición abunda, el ritmo se vuelve irregular, y hay momentos en que la película parece más preocupada por lucir inteligente que por sentirse viva.





Aun así, hay destellos de genialidad. En algunos pasajes, Ares logra esa mezcla perfecta entre espectáculo visual y melancolía tecnológica que convirtió a Legacy en una película de culto. Es cuando los personajes hablan menos y las imágenes lo dicen todo —cuando el neón y el silencio cuentan historias más poderosas que cualquier diálogo— que Tron: Ares encuentra su mejor versión.

Comparada con las anteriores, Ares se siente como un intento de actualizar el mito: la idea de que lo digital y lo humano ya no son mundos separados, sino una misma Red en expansión. Donde Tron (1982) hablaba de entrar a la máquina y Legacy exploraba quedarse atrapado en ella, Ares propone lo contrario: ¿qué pasa si la máquina decide entrar al nuestro? Esa inversión del mito es su mayor aporte, aunque no siempre esté bien ejecutada.


Al final, Tron: Ares es un espectáculo grandilocuente, imperfecto pero fascinante. Es una película que brilla más por sus ideas que por su guion, más por su atmósfera que por su historia. Y sin embargo, en esa mezcla de caos digital y belleza visual, hay algo profundamente humano: la eterna necesidad de buscar sentido en el código.




El sistema se reinicia, el disco vuelve a girar, y el Grid respira de nuevo. Quizás no con la misma magia que en 1982, pero con la certeza de que, mientras existan luces en la oscuridad, Tron seguirá siendo ese espacio donde los sueños electrónicos nunca mueren.