En la historia del cine hay avances que son más
recordados que las propias películas. No por su espectacularidad, sino
porque vendieron humo: prometieron un film que nunca existió. Si uno
quisiera hacer un ranking global de los más míticos, el recorrido
arranca en Hollywood, pero muy pronto se vuelve internacional.
El viaje comienza con Drive
(2011), aquel tráiler que sugería choques y persecuciones como si Ryan
Gosling fuese primo de Dominic Toretto. En pantalla, lo que vimos fue un
poema minimalista y violento que terminó en los tribunales, cuando una
espectadora demandó a la distribuidora por publicidad engañosa.
Del vértigo pasamos al canto: Sweeney Todd
(2007) se presentó como un thriller oscuro de venganza victoriana y
terminó siendo un musical gótico donde Johnny Depp y Helena Bonham
Carter entonaban sus penas entre degüellos. Warner sabía lo que hacía:
ocultó la palabra “musical” para no espantar al público.
Unos años después, Un día para sobrevivir (2011)
prometía a Liam Neeson en un duelo épico contra lobos gigantes. El
tráiler hasta mostraba cómo se preparaba con cuchillos improvisados.
Pero lo que llegó a salas fue un drama existencial sobre la muerte y el
miedo. El propio director confesó que el marketing aprovechó la imagen
de Neeson post-Taken.
Los engaños no son siempre sangrientos: Puente hacia Terabithia (2007)
fue promocionada como una nueva Narnia, con criaturas mágicas y reinos
de fantasía. La película, en cambio, era un drama íntimo sobre la
amistad y la pérdida infantil, que dejó a más de un espectador llorando
con palomitas en mano.
Algo parecido ocurrió con La Cumbre Escarlata (2015).
Universal la vendió como una heredera de El Conjuro, con fantasmas
listos para dar sustos. Pero Guillermo del Toro nunca mintió: dijo que
era un “cuento gótico con fantasmas”. El choque fue inevitable cuando la
audiencia encontró romance trágico en lugar de terror comercial.
Disney también sabe jugar a la distracción: el primer teaser de Frozen
(2013) fue un corto slapstick con Olaf y Sven peleando por una
zanahoria. Ni princesas ni canciones. ¿La razón? Temían perder al
público masculino si la vendían como “película de princesas”. La
realidad: un musical que conquistó al planeta entero.
En el terreno de los superhéroes, el caso más emblemático es el Escuadrón Suicida (2016).
Sus avances, editados con ritmo frenético y música de Queen, fueron tan
celebrados que el estudio decidió moldear la película para parecerse al
tráiler. El resultado: un híbrido caótico que decepcionó, pero que
convirtió al propio tráiler en leyenda.
El engaño puede rozar lo absurdo, como con Canguro Jack (2003).
Los avances mostraban a un canguro parlante y rapero como protagonista.
En realidad, la película era una buddy comedy de mafias, y el marsupial
solo “hablaba” en un breve delirio. El marketing infantilizó una
comedia para adultos tras malas pruebas de audiencia.
Fuera de Hollywood, también encontramos joyas. El Laberinto del Fauno
(2006), de Guillermo del Toro, fue vendida en el extranjero como “la
nueva Narnia”. Pero lo que llegó a los cines fue un drama bélico con
criaturas mágicas que convivían con la violencia más cruda de la
posguerra española. Muchos padres llevaron a sus hijos engañados por el
tráiler.
Los
tráilers engañosos se han convertido en una tradición no oficial del
cine. Son piezas de marketing que, más allá de las películas que
representan, quedan en la memoria como obras independientes. Porque, en
el fondo, el tráiler engañoso es cine dentro del cine: la ficción de una
ficción.