Desde 1979, cuando Ridley Scott presentó al mundo el primer encuentro con el xenomorfo, la franquicia Alien se ganó un lugar sagrado en la cultura pop. Lo que vino después —la acción desbordada de Alien: el regreso, la oscuridad penitenciaria de Alien 3, el bizarro body horror de Alien: la resurrección o las ambiciones filosóficas de Prometheus y Covenant— dejó claro que esta saga podía mutar en tonos y estilos, pero siempre debía sostenerse en un núcleo: la tensión asfixiante y la amenaza implacable.
Con Alien: Earth, la primera serie televisiva del universo, esa promesa parecía intacta. La producción de Disney para FX y Hulu, con Noah Hawley (Fargo, Legion) al mando y Ridley Scott de productor ejecutivo, arrancó con fuerza: atmósfera oscura, acción violenta, un relato político corporacional, filosofía existencialista interesante, y personajes que parecían tener un papel claro en este tablero de horror espacial. Sin embargo, lo que comienza con un rugido termina apagándose en un susurro.

El gran enemigo es el guión. Inicia con solidez, pero se desgasta rápidamente en diálogos repetitivos y personajes que, salvo excepciones, cansan o desesperan más de lo que aportan. A esto se suma una obsesión con referencias literarias a la novela Peter Pan de J.M. Barrie, que en lugar de sumar capas de sentido terminan por volverse forzadas y agotadoras, como un subtexto que nadie pidió y que interrumpe la experiencia de terror y ciencia ficción.
El reparto, "Los Niños Perdidos", los híbridos interpretados por Adarsh Goura, Erana James, Lily Newmark y Jonathan Ajayi— se queda corto. Sus personajes simplemente cansan, diálogos que no transmiten la urgencia que deberían, y giros que parecen más funcionales que inspirados. Y allí radica el mayor problema de la serie: más allá de tres o cuatro nombres, los demás no logran importar lo suficiente, lo que diluye la tensión en varios tramos.
Y malas noticias para los fans, en esta serie no hay mucha presencia del xenomorfo. En una franquicia que vive de la amenaza latente de esta criatura, relegarla a apariciones mínimas deja un vacío imposible de llenar. Y cuando llega la acción, la edición de peleas es caótica, privando a la serie de esos momentos de impacto que deberían marcar la diferencia por culpa de cortes bruscos en sus secuencias.

Aún así, hay destellos de grandeza. Kirsh, el sintético interpretado por Timothy Olyphant, se roba cada escena con su ambigüedad y magnetismo. Wendy, en manos de Sydney Chandler, entrega el costado cyber más fascinante, pero que a final de la historia lamentablemente comienza a desgastarse. El grotesco Ocellus "alienígena de ojo" aporta los momentos de terror corporal más recordables. Son ellos quienes sostienen el relato, incluso cuando todo alrededor se tambalea.
Visualmente, sí, la serie brilla por su impresionante producción y CGI de calidad. Pasillos oscuros, atmósferas opresivas, un diseño de criaturas sólido y mucha, mucha sangre. Una trama donde los choques de poder entre corporaciones, humanos y sintéticos marcan el rumbo, mientras la amenaza de lo biológico sigue acechando en las sombras. El escenario es interesante, pero nada logra ocultar la sensación de que el guion fue suavizado hasta el punto de parecer inofensivo. Lo que debería ser horror adulto termina convertido en un thriller juvenil con barniz de ciencia ficción. Disney metió la mano, y se nota: el filo se perdió, el miedo se diluyó y el resultado es una criatura híbrida que no asusta ni emociona como debería.

